La ve llegar con sus amigas. Riendo, natural, transparente, como es ella. Con su bolso de mano y sus zapatos bajos. El cuello lleno de colgantes y anillos más grandes que sus ojos marrones verdosos en la mano derecha. Sobresale entre la gente. Llama la atención, por lo menos la suya. Está nublado, chispea y sin embargo ella emite luz como si fuese un ángel. Se toma una copa. Otra. Y otra más. Ríe y se abraza con sus amigas -es triste, hace meses sería yo el que la abrazase para que no se cayese- Sale a bailar. Las luces de colores le iluminan la cara. Es preciosa. Tanto que incluso duele. Lleva el pelo diferente, más rizado. Como cuando andábamos por el el centro de Huelva y empezaba a llover. Mira el móvil y va deprisa hacia la puerta. No puedo evitar seguir el olor de su perfume. Y la veo. Le abraza. Por el cuello, bien fuerte, como hacía conmigo. Y siento que se me cae el mundo al suelo cuando la veo mirar sus ojos en busca de una pizca de atención. Pero no la encuentra. Él sigue hablando con sus amigas. Rubias de metro setenta. La miran por encima del hombro y la hacen sentir pequeña. Pero no es así. Dentro de ella se esconde la persona más grande que he conocido. De las que te hacen feliz con pocas palabras y muchos actos.
Stop. Un taxi. Se suben y arranca. Es imbécil, ni si quiera se ha fijado en cómo llevaba el pelo |mgi